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Trans*formando la realidad

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Aunque no siempre seamos conscientes de ello, cotidianamente nos relacionamos con personas transexuales, con personas trans*, por eso abordar la transexualidad es importante porque todas las personas tienen derecho a vivir su vida sin discriminación, participando activamente y a voluntad en todos los ámbitos sociales.
Todas las personas nos enfrentamos a ciertas reglas sociales sobre lo que es «normal», lo deseable, que hacen referencia al cuerpo, a los comportamientos y al aspecto físico sobretodo, que ejercen un poderoso poder sobre cómo nos sentimos íntimamente y cómo nos comportamos en la sociedad. Son estas mismas reglas las que coartan las vidas de muchas personas trans*.
Las personas trans* y sus realidades nos confrontan con ciertas normas sociales que damos por «buenas», por modelos a seguir, y que nos resistimos a cuestionar, pero que generan muchísimo sufrimiento y frustración a muchas personas, casi siempre menores de edad.
Algunas de estas normas sociales dirán, que por ejemplo, «los chicos no lloran», “que las mujeres son sensibles y dulces”, “que no seas una nenaza”, “se un hombre como dios manda”, etc. Toda una serie de ideas y esteriotipos extendidos, que limitan nuestras conductas y que generan una idea homogeneizante y falsa de que todas las mujeres y todos los hombres son idénticxs entre sí.
Si lo pensamos detenidamente, veremos como la sociedad lleva siglos cometiendo el mismo error en el momento del parto al asignar una identidad sexual a los recién nacidos, solamente en base a su genital. Esta asignación rígida, poco científica y a veces errónea, da pie a una dictadura que reparte el mundo en un sistema binarista de hombres y mujeres, sin dejar hueco o espacio para la diversidad y las otras múltiples variables que la Naturaleza tiene previstas, entre ellas la transexualidad.
Las personas transexuales viven una disconformidad interna (psicológica) entre el sexo que se les asignó por error al nacer y el sexo al que se sienten pertenecer y con el que quieren vivir socialmente. Y a día de hoy el conocimiento ha avanzado lo suficiente como para entender que esto no es ni una enfermedad, ni un trastorno; que es una variante más de la fantástica diversidad humana. Es decir, la transexualidad es un desafío a la idea que solo existen hombres con pene y sexo cromosómico XY o mujeres con vulva y sexo cromosómico XX, ya que nacer hombre o mujer, implica sentirse como tales independientemente del sexo gonadal, fenotípico, corporal y/ o genital. Y si bien no es lo más frecuente, puede darse casos, las estadísticas hablan de 1/1500, en que la sexuación cerebral vaya en una dirección, y la sexuación genital en otra. Es el caso de las niñas/mujeres con pene y los niños/hombre con vulva.
Como dice el gran sexólogo Joserra Landa “ la identidad sexual no se haya entre las piernas, sino entre las orejas”.
Pero para conocer con cierta certeza la identidad de un niño o una niña, habrá que esperar hasta que, con la conquista de lenguaje, alrededor de los 2-3 años, sea capaz de nombrarse, y empiece a expresar lo que su cerebro le dicta que es, su verdadera identidad sentida : “Soy un niño” o “Soy una niña”. Y esto no es algo que se elige, o que se prefiere. SE ES.
Por supuesto, sobre esa identidad sexual del menor se irá construyendo su personalidad que, sin lugar a dudas, y muchas veces de manera brutal, irá siendo moldeada por los roles de género impuestos socialmente, por las expectativas y las normas sociales que definen como “deben de ser” los niños y cómo las niñas.
Las familias hemos estado criando a nuestrxs hijxs según el sexo que se les presuponía, el que se le asignó por error al nacer, no solo las familias sino también en las guarderías, colegios, vecindario, familia extensa …, pero la fuerza arrolladora de su verdadera identidad sexual, ha quebrado, ha desbordado las imposiciones y expectativas de género, lo que nos demuestra que la construcción social no explica la razón de su identidad, ya que tienen una identidad sexual estable y bien fundada, pese a los innumerables obstáculos y exigencias sociales.
Pero esta tiranía social de lo que debemos ser, ha estado provocando que históricamente una parte de la humanidad se ha visto siempre relegada a “ningún lugar” y, a la vez, maltratada e invisibilizada, y lo que NO SE VE, NO EXISTE.
Este es el caso de nuestr@s hij@s, personas que desde niñ@s son relegados al olvido, a su negación por parte de quienes les rodean. Y este silencio y negación abarca todos los eslabones de la sociedad hasta llegar al propio niñ@ que percibe el tabú, que se da cuenta que no tiene derecho a mostrarse públicamente como es, ya que siente y observa que por encima de todo el equivocado es él, y que por tanto tiene que ajustarse a lo que la sociedad entiende, por “normal”, fantástica palabra… Para ello no le queda más remedio que vivir una doble vida, una vida de mentira, siempre interpretada bajo el disfraz que ha de coincidir con el sexo asignado. Por desgracia, crecer en una sociedad donde las formas de ser de niños y niñas son tan rígidas, incumplirlas, los exponen a un estado de vulnerabilidad permanente.
Esta desaprobación y censura social a la que se enfrentan las personas trans* desde bien pequeñas debido a cómo personifican la masculinidad y/o la feminidad, hace que se les juzgue de manera global, el «todo» por una «parte» (ser trans*), es decir, el hecho de ser transexual pasa a formar parte del sujeto como un hecho negativo que describe y limita completamente a la persona, cuando evidentemente la transexualidad solo es una característica más de su personalidad, pero no su definición como tal.
Muchas de las personas transexuales, tienen un fuerte convencimiento de pertenencia a otro sexo desde que son bien pequeñas, aunque la Sociedad y la familia digan que no les corresponde decidir, que eso no puede ser así, con tan mal resultado que les conduce a reprimir su identidad sentida con gran sufrimiento y padecimiento. Nadie debería decir ni imponerle a otra persona qué es, quién es, y mucho menos decidir lo que se espera que sea.
Debido a esto, lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos, es que en la edad preadulta, cuando encuentran el valor y la fortaleza interior suficientes, vuelven a intentar manifestar su verdadera identidad sentida. Situación que cambia según el entorno, la familia, amistades, instituto, etc. y sepan escuchar, aceptar y acompañar, o por el contrario, recriminen y fuercen de nuevo la represión de esa manifestación. Por tanto, el apoyo y el acompañamiento que podemos ofrecer la sociedad a las personas trans*, ya seamos familiares, amigos, profesionales o activistas, es muy importante porque incide en las oportunidades vitales; como sentirse parte de una familia, estar a gusto en el centro escolar, formar parte de una pandilla y tener planes para el fin de semana, ir a la universidad, al trabajo, en definitiva participar en los espacios de socialización o tener modelos positivos que les ayuden a proyectar un futuro posible. Esos vínculos y apoyos son imprescindibles para crecer como personas adultas equilibradas, libres y fuertes.
Pero el gran conflicto se les suele plantear con la adolescencia, periodo complicado debido a los cambios hormonales y físicos que experimenta el cuerpo en esta fase del desarrollo, por tanto debemos imaginarnos cuanto más difícil será para estas personas, experimentar todos estos cambios cuando van en la dirección contraria a la deseada: “te sientes hombre y te crecen los pechos e inicias el periodo de la menstruación, o te sientes chica y empieza a salirte la nuez, barba y tu voz se vuelve más grave” . La realidad les embarga a veces con gran angustia y desesperación. Se encuentran en un cuerpo no deseado, sin apoyos emocionales que les ayuden a superar esta situación y sin un referente que les sirva de guía respecto a su necesidad. No hay tregua posible. No pueden disfrutar la vida igual que las personas no- transexuales, ya que ellos y ellas, tienen la presión constante de su apariencia ante los demás, su actitud, etcétera. Y esta presión social les resta posibilidades de simplemente “ser como son y disfrutarlo”. Descubrir que eres diferente a la mayoría con frecuencia es muy difícil y doloroso de asumir, y muchos de estos adolescentes no soportarán más esta situación y tomarán una decisión fatal a veces, con un final trágico.
Muchos testimonios recogidos de personas adultas transexuales hablan de infancias y adolescencias perdidas, y resulta aterrador saber que la tasa de intento de suicidio entre los adultos transexuales a quienes en su infancia se les negó su identidad es del 43% (mientras que entre la población general es de un 1,6%). En cambio, nos llena de esperanza conocer resultados de investigaciones que se realizaron con jóvenes transexuales a quienes se respetó su identidad, se les acompañó desde sus familias y se les ofreció tratamiento para el bloqueo de la pubertad y sus manifestaciones, y se observó que tanto los indicadores de calidad de vida y felicidad, como los índices de ansiedad y preocupación por la propia imagen corporal fueron similares, o incluso mejores a los de la población no transexual de su misma edad.
La moraleja de todo esto: cuando se trata del bienestar y de la felicidad de un menor, no hay tiempo ni espera, y no intervenir, puede causarles daños irreparables de por vida, y tenemos que ser conscientes de que sólo tendrán una infancia, sólo una adolescencia.

¿Y cómo pueden ayudar los profesionales a enfrentarse a estas personas a una sociedad tan poco tolerante con la diferencia y tan transfóbica?

Pues la experiencia real de la mayoría de las familias, es que muchos de los profesionales con los que cada día han de tratar nuestrxs hijxs, tienen un desconocimiento tan amplio, como insuficiente es su voluntad por aceptar y facilitarles lo que necesitan. Cuando descubrimos la verdadera identidad de nuestrxs hijxs nos sentimos incomprendidos y solos, muy solos, y empieza entonces un peregrinaje por psicólogos y psiquiatras, después de una derivación de los asustados pediatras, para “diagnosticar” la causa del “injustificado” comportamiento del niñx, y lo cierto es que muchos menores salen diagnosticados como hiperactivos, TDAHs, asperger, psicóticos, incluso con tratamientos farmacológicos, cuando en realidad solo son niñxs y adolescentes transexuales, palabra que de ninguna manera aparece en estas consultas. Unas de las indicaciones que se nos da es la de tratar de corregir o cambiar esos comportamientos del niñx o joven, ¿es que acaso creen que la transexualidad es un capricho que se puede hacer desaparecer, fruto de una crianza frívola de padres y madres irresponsables? Evidentemente la identidad está por encima de la propia voluntad. Otra de las recomendaciones que se nos da es la de esperar, esperar cuanto tiempo, y a qué? A que ya no tengan infancia o adolescencia, a que toda la sociedad esté preparada para aceptar a un menor trans*?

Nuestros hijxs no tienen tanto tiempo

Estos hechos tan, indignos, provoca que muchos niños y adolescentes son condenados a la más absoluta infelicidad, ya que sus padres creyendo fielmente en personas a las que se les presupone cierto nivel de profesionalidad, impiden a sus hijxs vivir con su verdadera identidad, perjudicando así el desarrollo del niñx, que no se siente seguro, aceptado ni querido, lo que definitivamente marcará muy negativamente su personalidad de por vida.
Por tanto, la función de los profesionales no consiste en juzgar, negar o desatender la realidad de nuestros hijxs. Deben escuchar, comprender, aprender y acompañar.
Las familias queremos que nuestrxs hijxs puedan desarrollarse, que puedan jugar, crecer, aprender. QUE PUEDAN SONREÍR. QUE PUEDAN VIVIR. QUE PUEDAN SER.
Para ello, muchas madres y padres hemos decidido caminar a su lado. Y vamos a necesitar que tanto la comunidad educativa, como los profesionales de la salud y todo el entorno social nos de la mano en esta aventura. Porque la vida de nuestras hijas e hijos va en ello.
Por tanto, basta ya de encerrarnos en un espacio acotado de los que es un hombre o una mujer, de lo que es normal o anormal, de lo que está bien o está mal, y seamos permeables a la diferencia, a lo que consideramos nuevo, pero que siempre existió. Estos niñxs y adolescentes cada día nos muestran que la transexualidad no es un trastorno, no es vergüenza, no es sólo disforia,… La transexualidad es variedad, riqueza, orgullo, alegría, naturalidad, y con su presencia nos enriquecen como personas.
Sin duda, nuestrxs hijxs están Trans*formando la sociedad.
Pensemos de una vez por todas, que otra sociedad es posible y que por encima de todos los miedos, prejuicios y barreras mentales, está el mayor de los derechos de un menor: su felicidad.
Muchas gracias a tod@s por acompañarnos en esta lucha y por ayudarnos a hacer un mundo mejor para nuestr@s hij@s. Gracias.

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Cristina Palacios Castro es la Presidenta de ARELAS, asociación de familias de menores trans*.

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